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Dorronzoro Dardo Sebastián

Dorronzoro Dardo Sebastián

Dardo Sebastián Dorronzoro, poeta, narrador y herrero, nació el 14 de julio de 1913 en San Andrés de Giles y fue secuestrado el 25 de junio de 1976, fecha desde la que permanece desaparecido. Ese día un grupo de criminales encapuchados irrumpió en su casa del barrio La Loma, cerca de Luján, y luego de romper todo lo que encontraron, lo secuestraron. Fueron vanos todos los caminos recorridos por su esposa Nelly y sus hermanos para dar con su paradero. Era simpatizante del Partido Socialista de los Trabajadores (PST). Dardo publicó La nave encabritada y Una sangre para el día. Recibió menciones y premios en diferentes concursos nacionales. Colaboró en varias publicaciones periódicas y culturales, como los diarios Alberdi de Vedia, El Civismo de Luján y La Gaceta de Tucumán. Libros inéditos: La porción del diablo (cuentos), La grieta (novela) y Necesidad de ser(poesía). En 1983 obtuvo el primer premio de poesía en el certamen “Rafael Morales” de Talavera de la Reina, Toledo, España, por su libro Llanto americano.

Dos buenas liendres
Del libro inédito La porción del diablo

El tipo subió protestando. En el mundo siempre habrá algún tipo que proteste. Subió protestando. Se abrió paso a codazos, y así llegó al medio del colectivo, que iba completo. Si uno quería suspirar tenía que bajarse.

El hombre llegó hasta donde quería llegar, se tomó del caño de metal que estaba arriba de su cabeza, e instaló allí su campo de operaciones. En seguida de haberse acomodado, no dejó pasar un solo minuto; tosió para llamar la atención, y dijo que todo era una porquería, que él no se explicaba cómo la gente aguantaba tantas cosas, y que este país, en vez de llamarse República Argentina, tendría que llamarse la república de las ovejas unidas.

Un muchacho que estaba a su lado, y que sin duda no estaría de acuerdo con lo expresado por el protestador, le dijo que hiciera el favor de callarse la boca. El tipo lo miró como a un manojo de zanahorias y le contestó que lo hiciera callar él, si se sentía capaz.

Entonces intercedió una matrona muy peripuesta. Ella llevaba un carterón negro en la mano, y con mucha amabilidad y gestos adecuados, le dijo al ciudadano que quería cambiarle el nombre al país que no hiciera líos por tan poca cosa.

Él la escuchó con mucha atención; con aire reflexivo, como si estuviera escuchando la alocución de un profeta, y cuando terminó, le acercó la cara todo lo que pudo, causando la impresión de que quería morderla, y le espetó que no tenía costumbre de hacer caso a consejos de viejas antiguas, y que ella, a esa hora, tendría que estar en algún museo, único lugar donde se encontraría en ambiente.

Y la señora antigua, entonces, sin decir agua va ni agua viene, como si estuviera acostumbrada a hacerlo desde su lejanísima niñez, levantó su negro y grande adminículo y se lo sacudió al hombre por la cabeza. A juzgar por el ruido que hizo el carterón al dar el golpe, calculé que la matrona, antes de salir de su casa, lo había cargado con tuercas, remaches, o algo parecido.

El individuo, al recibir el impacto, quedó un momento atontado, y varios, divertidos, nos reímos, cosa que no le gustó. Nos semblanteó a todos los reidores y luego, vaya uno a saber por qué, me eligió a mí y me preguntó si quería cobrar. Le contesté que no, que no quería cobrar, pero asimismo él me amenazó con ponerme un ojo en compota otra vez que yo me riera sin su permiso.

Y entonces fue que el chico que llevaba los mocos colgando tuvo la mala ocurrencia de restregarle la nariz contra el saco, que si bien no era muy nuevo, todavía no estaba como para tirarlo a la basura. Y ahí mismo se armó. El tipo le dio un empujón a la criatura, tirándomela encima, y yo, en el afán de impedir que el mocoso me pusiera a la miseria, pues su nariz semejaba dos cavernas con enormes estalactitas, lo empujé a mi vez y lo tiré contra un tío que tenía un flamante traje color té con leche, que también se desprendió del peligroso niño, tomándosela después con el protestador. Este retrocedió y, al hacerlo, le volteó a un hombre bajito la canasta que llevaba, que resultó estar llena de maduros tomates, los cuales se desparramaron por el piso. Y sobre esos maduros tomates tuvo la desgracia de caerse la matrona, quedando hecha una bandera bolchevique, razón que la indujo, al levantarse, a emprenderla a carterazo limpio contra todo el mundo, en cuyo reparto le correspondió al protestador una regular cantidad, amén de otros golpes, propinados por manos anónimas, incluyendo un terrible puntapié en la canilla que le aplicó el chico de los mocos, aprovechando el entrevero, quien demostró ser bastante vengativo para los diez años que aparentaba tener.

El lío se terminó cuando el chofer gritó que nos llevaría a todos a la comisaría. Pero decir que se terminó no es ajustarse a la verdad, porque el hombrecito de los tomates, a quien no conformaba nadie, siguió protestando y amenazando con darnos muerte a todos, y la señora del carterón, que chorreaba jugo por los cuatro costados, hacía causa común con él. Luego se bajaron juntos y quedamos tranquilos.

El protestador, que había sido el promotor del lío, no abrió más el pico, quizá considerando que su misión ya estaba cumplida. Después, cuando se dirigió hacia la parte delantera del vehículo, aprestándose a bajar, yo lo seguí pisándole los talones.

El chofer lo miró con rabia y le dijo que ya era hora de que se bajara, cosa a la que él no le contestó. Descendió en la primera esquina, y yo me bajé tras él. Cuando estuvo en tierra firme, el tipo le gritó al chofer que algún día lo encontraría por ahí y se daría el gusto de bajarle el copete. Luego, al advertir mi presencia, me miró con temor. Le dije que no se asustara, que no le iba a recordar lo del ojo en compota, y que tampoco era un milico. Él, entonces, me guiñó un ojo, con aire de tipo canchero, y se marchó. Sin duda iría a encontrarse con el compañero que se encargó de sacar carteras y otras cosas de los bolsillos, mientras que él hacía la representación. Pero esta vez no la había sacado muy barata.

Yo me fui a la confitería y pedí un café. Cuando pagué, conté el dinero que había en la cartera del protestador. Eran seiscientos setenta y cinco morlacos. No estaba mal.


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