Kehoe Wilson Gloria

Gloria Kehoe Wilson de Infante (de ascendencia irlandesa) nació el 25 de septiembre de 1954. Egresada del Colegio Nacional de Buenos Aires. Estudiante de Letras, fue secuestrada de su domicilio en Capital Federal el 13 de junio de 1977. Desde ese día permanece desaparecida, al igual que su esposo. Publicó el libro de cuentos Pico de paloma (Corregidor, 1977), reeditado en 2004 en la misma editorial por sus compañeras/os de promoción del Buenos Aires. Hay un premio con su nombre que otorga la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH).

El moro
A mi abuela materna


La calesita estaba cerrada. Su dueño y los chicos dormían en algún lugar de Buenos Aires. Mi noche transcurría como siempre, sin cambios mayores, fumando algún cigarrillo prestado y caminando por las calles de Coghlan. Las perras me precedían con su ladrido de presentación y, no sé por qué, tuve ganas de entrar. Salté el cerco de alambre y destrabé la puerta. Las perras también entraron. La lona cubría la calesita con calor verde; debo decir que me costó bastante trabajo sacarla. La acomodé al fondo, cerca del puesto de sandías.

La oscuridad nos tapaba de la gente curiosa. Subí. Elegí un caballo moro que me sonrió cortés. No pagué boleto. Me instalé cómodamente sobre su lomo y las perras se echaron a dormir.

Blanco, platinado, de cuello curvísimo, el cisne de la izquierda se puso celoso y me pidió compañía. No dudé y fui.

Después viajé en un autito azul y en el avión marfil en un mareo de vueltas perplejas. Les conté lo mío, hablé con cada uno. De pronto, el moro se entusiasmó y bajó de la calesita. Se me paró delante, apenas corcoveando, seguro en sus cuatro patas cortonas y fuertes. Reconocí su lenguaje de hambre. Quería azúcar. Alivié, entonces, su mareo, con palmadas en los aterciopelados y cálidos belfos.

El tiempo transcurría sin apuro. Amaneció. Sentí la voz del tren a lo lejos, el ruido de los autos, el lechero con sabor a nata. La mañana era ineludible pero yo seguía en la calesita. Del moro volví al cisne, que, muerto de calor, gritaba agua. Le acerqué un vaso, se puso a cantar.

Serían las diez cuando un hombre viejo abrió la puerta que ya era mía. Se sobresaltó; las perras ladraron. Me preguntó quién era. Respondí con mentiras y tomamos mate juntos.

Los muñecos volvieron a ser de madera no sin antes hacerme un guiño.

De a poco fueron llegando los chicos. Sonó la música habitual, y me fui.

Dormí un largo sueño en mi cama vacía. Desperté a las once. Cené poco. Empecé a caminar fumando; las perras iban adelante, olfateándolo todo.

Llegamos. El moro fue el primero en saludar. El moro, ahora un poco brioso, un poco alzado, no da vueltas ni corcoveos. Conocemos nuestro límite: doce horas. Prometo volver para siempre.

Ya las noches no me bastan y me instalo de día a observarlos. Me llevo la comida, desatiendo mis obligaciones, me siento por primera vez contenta, totalmente plena. Los saludo en sus vueltas interminables y los chicos me miran con fastidio. Las perras son las primeras en habituarse.

Ya no me separo de ellos. He conseguido comprar la calesita. Les doy franco a todos por la noche. De día, soy uno más en la rueda, donde permanezco dura y los chicos se me suben, apretándome el cuello. Las perras, como yo, también son de madera. Ya no hay diferencias. Por su parte, los padres pagan el pequeño boleto verde y estúpidamente admiran la nueva variedad de muñecos. Mis parientes lloran mi ausencia. En fin…, lo importante es que logré anular mis insípidos días. Sí; vivo de noche. Juntos, corremos carreras por Parque Saavedra. A veces, el moro se adelanta; le gusta protegernos.


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