Silber Mirta

Mirta Silber nació en 1945. Era integrante del Taller Literario “Horacio Quiroga” y tenía 34 años cuando fue secuestrada junto a otros cuatro integrantes del Taller, entre ellos su esposo, Carlos Alberto Pérez, el 12 de mayo de 1979. Mirta y Carlos, por edad y conocimientos, actuaban a manera de coordinadores del Taller. Mirta había publicado cuentos en diversas revistas literarias, pero la mayor parte de su obra permanece inédita y mucha de esta no se ha hallado: La circunstancia (1971), novela, finalista en el premio Biblioteca Breve Seix Barral (1972) y recomendación en el Casa de las Américas (1974); El día en que las ranas emigraron, cuentos, 1970-1972 (el cuento que da título al volumen fue finalista del concurso Bibliograma, en 1976); En camino, novela, 1973; De vida o muerte, cuentos, 1973-1974; La otra orilla con sangre, novela corta, 1975 y Conversada historia de amor con obstáculos y otros eventos, novela, 1975.

Los ritos de la tormenta

Es sin duda mamá la más tranquila y eficiente cuando comienza la lluvia. Lo hemos podido comprobar sobre todo en estos últimos meses, en los que se ha desatado un período de tormentas. Sus gestos son de una precisión tan acentuada y serena que inevitablemente nos sentimos fascinados al mirarla, y hasta podría decirse que olvidamos un tanto nuestro incontrolable terror.

Cuando comienzan los primeros signos, se nos ve movernos sin objeto por las habitaciones, presentes ya en nuestro ánimo los indicios del desasosiego que irá aumentando paulatinamente sin que lo podamos evitar, hasta que nos convierta en ese manojo tembloroso y desamparado al que mamá tratará inútilmente de calmar. Nuestras caras se reflejan esfumadas de contornos en los vidrios de las ventanas que miran sin premura hacia el cielo enrojecido y plomo, espiando sus alteraciones que se resuelven siempre, obedeciendo su invariable dinámica, en eléctricas guías ramificadas y fugaces, antecesoras de la lluvia posterior. El ruido de los truenos acentúa nuestro pavor, y a medida que aumenta su frecuencia e intensidad, nos vamos acercando unos a otros, buscando ciegamente la sensación de nuestros contactos próximos y que, de todas maneras, no nos puede proteger.

Nunca prendemos la luz cuando aquello comienza, preferimos permanecer en la penumbra, mudos y sobrecogidos, como si la oscuridad fuera una barrera aislante que nos librara, un amuleto benéfico que nos ayudara incondicionalmente a evitar la visión de lo que finalmente presenciaremos.

Cuando las primeras gotas se hacen oír en el tejado, inevitablemente nuestras piernas nos conducen a la sala, descendiendo inseguras por la vieja escalera barnizada, para llevarnos hasta el radio de influencia de la pasmosa y resignada calma de mamá. Este es nuestro primer y desconcertado acto fallido, ya que permanecer en las habitaciones altas, tal vez nos ahorraría el disgusto y el pavor. Mamá siempre nos hace esa reflexión una vez que pasa la lluvia; nos explica y demuestra indiscutiblemente que son nuestras acciones las que nos obligan a ser espectadores y partícipes de algo que quisiéramos evitar de todo corazón. Con paciencia inagotable nos repite que ella puede arreglarlo todo valiéndose de sus solas fuerzas, hacer desaparecer los vestigios, y librarnos a nosotros de las nefastas consecuencias, pero nuestra ansiedad puede ser más que nuestra prudencia y nuestros consejos. La lluvia comienza a caer, corremos a ampararnos junto a ella, y nuestra actitud reiterada es, de alguna manera, ya una costumbre inseparable del resto de los actos que se ejecutan con la tormenta.
Bajamos a la sala y mamá ya está allí, nos agrupamos cerca de la chimenea, buscando el calor de las llamas, y miramos cómo ella dispone las precauciones que serán de todos modos inútiles. Silenciosos vemos cómo va obturando con algodón los resquicios, los huecos ínfimos que se extienden entre el marco de la ventana y la madera de sus hojas, y debajo de la puerta, por donde se cuela subrepticiamente el viento. Sus movimientos, de una perfección sin fallas, y la armonía de sus dedos blancos y ágiles que se deslizan siguiendo una planificación estricta, tienen la propiedad de mantenernos suspensos y como encantados, aguardando que termine su tarea.

La vemos inclinarse ante el umbral, el sector más vulnerable, y acumular los copos blancos y dóciles, empujándolos por debajo de la puerta para que formen una barrera compacta; después se levanta y continúa por las hendiduras laterales, hasta cubrirlas, y sigue con las ventanas. Cuando concluye, se acerca para reunirse con nosotros, y contempla también su obra, sin que se note en su rostro el menor signo de zozobra. De todas maneras, ella y nosotros sabemos que es inútil, que su previsión es solo un rito que cumple con la función de conformarnos, de que no se apodere de nuestro corazón la sensación de desaliento y triunfe la certidumbre de que todo es en vano, de que estamos inermes.

De todos mis hermanos, soy yo el que tiene el comportamiento más execrable, puesto que soy el mayor de ellos y porque, por esa causa, estoy obligado moralmente a ser el que ayude a mamá, pero me es imposible. Ella sin embargo comprende y me disculpa, jamás ha tenido un reproche para conmigo, y más de una vez es ella la que busca las justificaciones más aceptables para librarme de las acusaciones de los demás.

Apenas bajo a la sala, me siento sobre el piso, escondido en un ángulo junto a la chimenea, y allí permanezco, expectante y lloroso, acurrucado, consciente de lo vergonzoso de mi actitud y no obstante impotente, aguardando espantado lo que vendrá. Solo la mágica actividad de sus manos trabajando en la obstrucción de los resquicios suspende momentáneamente mi congoja; mientras la miro hacer confío secretamente, a expensas de mi lógica y experiencia, en que la treta dé resultado esta vez.

La tregua es ínfima; bien pronto advertimos con tristeza el apelotonamiento del algodón mojado, su debatirse inoperante resistiendo a la fuerza del agua que lo empuja y finalmente vence. Entonces vemos penetrar el líquido turbio, primero débilmente, sin contención después, ampliar su radio de acción, deslizarse corriendo por las pendientes suaves y desparejas de la habitación, inundarla lentamente. Detrás del agua, entran por fin, triunfantes, los ojos.

Los miramos navegar tensos, prenderse en las patas de los muebles, trepar por la alfombra, enredarse en los flecos y desintegrarse en retina y pupila, salpicar de sangre las paredes, deshilacharse o permanecer quietos, observándonos, con su maligna cualidad de acusación y odio.

Los miramos indefensos y martirizados, y los ojos no cesan de danzar, de apremiarnos, nos rodean con su lentitud y seguridad silenciosa, hasta que insensiblemente nos acorralan contra las paredes. Es en ese momento que no resisto más y corro, huyo de la sala y me encierro en el baño para vomitar, inclinado y sollozante, aferrado al inodoro, sin poderme desprender, hasta que llega mamá, abre la puerta y acciona la cadena del depósito.

Entonces abro los ojos, y siempre, en mi horror, alcanzo a ver mi cara desprendida que, entre los vómitos, me mira mientras se desliza hacia la descarga.

Ocurre cuando la lluvia ha terminado. Me levanto con esfuerzo, ayudado por mamá; sé que ahora tendrá que aguardar a que mi cara crezca nuevamente.


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